miércoles, 16 de mayo de 2012

Compartir el silencio


No habían bajado del todo la persiana al llegar la noche anterior de pasear por el puerto y por el espacio de un palmo, quizá dos de alto, se colaba el sol, jugando al espejo sobre las sábanas, enredándose en los tobillos de él. Ella se escapaba de la intrusión de luz, hecha un ovillo, encajando perfectamente en el hueco que quedaba entre el brazo y la cintura de él, como una niña abrazada a su peluche, excepto por el hecho de que un beso por dar resbalaba de sus labios, que reposaban entreabiertos, en una sonrisa dormida, contra el pecho desnudo de él, con una cortina del cabello cobre esparcida sobre ellos y parte de la cama. La mano de ella, relajada, descansaba como la de un títere al que le han cortado los hilos cerca de su propio pecho, levemente curvada; la otra, se apoyaba sobre el abdomen de él, subiendo y bajando con las profundas respiraciones del sueño. Un pájaro con aspiraciones a despertador se paró en el alfeizar, piando sobre la llegada de la mañana, y la única nube que parecía cruzar el cielo se movió, dejando que el sol creciera, llegando a la altura de los ojos de ella, que apretó los párpados, resistiéndose a despertar. Poco a poco, entre trinos y guiños de luz, relajó los párpados y desentumeció la mano que descansaba sobre él, llevándosela al rostro para apartarse los cabellos que ensombrecían su frente y mejillas, difuminando sus rasgos en la penumbra luminosa de la habitación.

Se incorporó con cuidado sobre la cama, sin apenas mover las sábanas, que resbalaron por sus piernas desnudas. Empequeñeció los ojos con tiempo de ver desvanecerse el pájaro del alféizar. Él se dio la vuelta en la cama, acostándose de lado y dándole la espalda, para seguir durmiendo. Se llevó las rodillas contra el pecho, rodeándolas con los brazos y apoyó la mejilla sobre estas y mirándole con una sonrisa privada. Las rendijas de la persiana dibujaban cuadraditos de sol sobre la piel de la espalda de él. Alargó una mano y le acarició la curvatura de la misma, viéndole moverse a penas al contacto frío de sus dedos, se estiró y deslizó un beso muy suave sobre su hombro, acariciando la piel cálida de noche con sus labios. Luego se levantó despacio y puso los pies descalzos sobre el suelo de baldosas frías. Miró el reloj. Todavía eran las siete y media de la mañana. Cruzó la habitación, dejando que la camisa de botones de hombre se acomodara con el balanceo del caminar a su cuerpo menudo debajo de la tela, rozando a cada paso a la altura de sus caderas. Salió al comedor, que estaba a oscuras excepto por un rectángulo que se filtraba entre las cortinas del ventanal que daba a la terraza. Siguió el camino y se coló entre las cortinas, abriendo la puerta de cristal y saliendo a fuera. El olor a sal y el piar intermitente de pájaros que se posaban en las azoteas de los edificios contiguos le preguntó si le apetecía una taza de café. Se acercó a la barandilla de hierro y apoyó los brazos, descargando el peso y mirando el mar que se veía trémulo y todavía teñido de jaspeados anaranjados por el sol madrugador. Un aire fresco le apartaba el cabello del rostro. Sonrió y caminó hasta la otra puerta de la terraza que daba a la cocina, encendiendo la vitrocerámica para que la cafetera preparada la noche anterior se calentase. Salió nuevamente a la terraza y se sentó en el suelo de mármol helándose los muslos. Dejó caer una pierna entre las rejas de la verja, pendiendo hacia abajo por el balcón y se permitió un instante de felicidad.
El olor a café empezó a esparcirse por la terraza, recordándole veranos pasados y playas diferentes. Un rayo de sol se precipitó contra el nomeolvides que decoraba la sombra de sus pechos entre los botones desabrochados de la camisa, despidiendo un destello. A lo lejos, el romper de las olas contra el faro próximo se antojaba un arrullo que invitaba a una ensoñación tranquila. Paz, paz, paz… Acarició con la punta de los dedos la línea de las baldosas, mirando el laberinto que formaban. Una mano se paró sobre la base de su cabeza, enredando los dedos entre sus cabellos. Ella levantó la vista al tiempo que él le regalaba un beso todavía dormido en la parte interior del cuello, justo detrás del oído. Ella le tomó la mano para besarle la parte interna de la muñeca. La cafetera silbó. Cuando ella hizo mención de levantarse él la incorporó con cuidado por el brazo y la rodeó por la cintura con las manos, desde atrás, caminando de forma divertida a pasos de zancadas hacia la cocina. Se desprendieron risas despejadas, tiznadas de café y de verano envuelto en papel de regalo. Ella apagó la cafetera y se volvió para besarle, encontrándose con unos labios que ya la esperaban.

“Buenos días.”

Ella le puso el índice sobre los labios y sonrió traviesa, mirándole entre el cabello que le manchaba el rostro en trazos cobre.

“Shhht…” susurro entre labios cercanos “Lo bonito es compartir el silencio.” 

Âme Noire

sábado, 21 de abril de 2012

Magdalena personal



He tenido un sueño extraño.
Eras una sirena varada en una playa sin arena.
Tenías los labios de nácar y el pelo de la ceniza más negra.
Como una estatua de sal,
El sol se precipitaba por la espiral de tu ombligo.
Y yo, como una niña, caía en el tobogán de tus piernas,
En la curvatura de tus dedos.
Me he perdido en las dunas de tus labios de coral.
Tienes un aroma amaderado,
Sirena de barco.
A roble y a libro.
Me gustan las librerías antiguas.
Voy a escribir tu piel de poemas sin sentido.

Âme Noire


lunes, 14 de noviembre de 2011




Ilustración; http://mardelvalleseoaneluna.blogspot.com


He visto en tu voz un océano en llamas.
Un diamante redondo.
La llave.
Un verso.
Tu voz es hiedra y madreselva,
un camino a pisadas en este jardín.
Tu voz me da miedo,
no quiero perderme.
O quizá sí.
Quiero que me devore,
para encontrarme.

Âme Noire

miércoles, 17 de agosto de 2011



Tenía los ojos de cristales.
El espejo era de ventanas rotas,
tú mirabas en él.
Alguien gritó y se rompió un deseo.
Nunca hay suficientes ventanas
para llenar de ojos un espejo.
¿Quién eres?
Sé que me llamaste.
Te vi al otro lado.
Y tú rompiste el espejo sin tocarlo.

Âme Noire



A veces te adivino en un desconocido.

Veo tu nombre en otro nombre.
Tu sonrisa en un papel.
Tu tacto en un recuerdo.
Te confundo con alguien,
pero nunca eres tú.
Luego un gesto,
una palabra, un hecho,
quiebra el castillo de naipes.
Me doy cuenta
[que triste]
de que nunca fuiste.

Âme Noire



martes, 2 de agosto de 2011





Eres un fantasma entre palabras.
Una mentira, una exageración.
No existes. Yo te he inventado.
Tras tu piel y tu nombre,
letras mal cosidas.
¿Qué eres tú?
Por no existir te ansío.

Âme Noire

lunes, 9 de mayo de 2011


¿De verdad creíais que podríais conmigo?
¿De verdad creíais que me haríais llorar?
No hay cenizas suficientes para enterrarme.
No hay pena capaz de secarme.
No hay herida que no me haga más fuerte,
ni golpe que no me vaya a enseñar.
Jamás dejaré que mi tumba sea vuestro entremés
ni que mi fracaso vuestro trono.
Hundid ahora que teneis veneno en mi pecho vuestra daga.
Dejad que vea bien los ojos que me desollan
porque cuando os de la espalda pienso pisarlos
hasta que no me quede ni polvo en los zapatos.

Âme Noire