viernes 30 de octubre de 2009

Yo soy muy feliz, o quizá estoy completamente loca. Porque a veces me planteo que mi cerebro no funciona de la misma manera que el del resto del mundo. Porque, me vais a decir lo que haríais en esta situación. Estáis en vuestro piso de estudiantes, vuestra ventana (grande) da al patio interno en el que confluyen un montón de edificios. Estáis escribiendo, tranquilamente, y, de pronto empieza a escucharse música. Concretamente una guitarra con amplificador y una harmónica. Y a alguien cantando en inglés. Se lo estaban pasando de lo más divertido. Empezaron cantando (y el chico cantaba de fábula) la canción de la banda sonora de Pulp Fiction de Chuck Berry “You never can tell”. Luego, juraría que empezaron a improvisar, en un estilo de música rock and roll. Paraban cada cierto tiempo o cambiaban a mitad de canción de melodía y a la misma melodía que tocaban repitiendo la canción le cambiaban la letra. Era una gozada de oír, hasta el punto que daban ganas de verlo… ¿Qué hubierais hecho?

Pues yo no sé que hubierais hecho vosotros pero yo después de preguntarle a unas personas que vi bajando la escalera desde la ventana de mi habitación (que da a la ventana que está en la escalera) y que no me supieron decir. Me puse unos vaqueros a las diez de la noche y me fui a investigar. Y descubrí, preguntando y colándome en todas las escaleras de las fincas que daban al patio que por lo visto la finca que se ve desde mi cuarto es la del chaflán de la esquina o la de la calle de al lado. Eso fue a las once, y, claro, allí ya no había música. Peeeero, ahora que ya he reducido mi campo de búsqueda (soy una detective buenísima, o una loca aburrida) cuando vuelva a escuchar la música puedo ir directamente a esas dos fincas y buscar la música en la escalera.
Mi mejor amiga, cuando le conté la aventurita me dijo que qué pienso hacer cuando descubra la puerta de la música, si llamar tranquilamente al timbre y presentarme. Evidentemente sí. Y seguramente piensen que estoy como una cabra. Pero la verdad es que cada vez me importa menos lo que pueda pensar de mí la gente. Quizá me dejen quedarme y escucharles. Quién no se arriesga nunca consigue nada. Y, además, siempre habrá sido divertido investigar la procedencia de la música, ¿O no?

Âme Noire

viernes 23 de octubre de 2009

"—No te hablé antes porque no quería afligirte. Me parece que mamá...

Acostado, dándole la espalda, esperó. Laura guardó la carta en el sobre, apagó el velador. La sintió contra él, no exactamente contra pero la oía respirar cerca de su oreja.

—¿Vos te das cuenta? —dijo Luis, cuidando su voz.
—Sí. ¿No creés que se habrá equivocado de nombre?

Tenía que ser. Peón cuatro rey, peón cuatro rey. Perfecto.

—A lo mejor quiso poner Víctor —dijo, clavándose lentamente las uñas en la palma de la mano.
—Ah, claro. Podría ser —dijo Laura.

Caballo rey, tres alfil.

Empezaron a fingir que dormían."

Cortázar, Las cartas de mamá.

Uno lee cosas como estas y se da cuenta de que puede aspirar a llegar a algo parecido, pero que siempre se quedará a la sombra de los grandes. Que frustrante.

Âme Noire

miércoles 2 de septiembre de 2009

El día era claro. Se había teñido a penas de un rosa pálido en el horizonte del mar, y cuando abrió los ojos, todavía medio adormilada, se dio cuenta de que se había quedado dormida en el balancín de la terraza. Una brisa leve arrullaba los buenos días y sonreía con ternura, despejando al mundo de sus batallas en sueños. Se estiró, arqueando la espalda como una gata y ladeó el cuello a izquierda y derecha, tratando de quitarse el dolor sordo que el dormir en mala postura le había dejado por todas las cervicales. Se sentó con cuidado de no marearse y respiró, una, dos, tres veces, hasta que tuvo los pulmones encharcados de aire salado y de espuma de mar.
Entró en casa de puntillas y cerró con cuidado, deslizándose escaleras arriba como un duende sin cascabeles. Se asomó a la puerta de la habitación. Él dormía sobre la cama, tranquilamente, y el sol ya de tonos anaranjados le resbalaba por la frente y los pómulos, proyectando sombras angulosas sobre el resto de su rostro. Le estuvo mirando durante unos instantes, haciendo una fotografía mental del momento. Luego, cogió carrerilla y se tiró un chapuzón a la cama, justo sobre él:

“¡El monstruo de los buenos días!”
“¡Yarhg!” a él se le puso el corazón en la garganta.

Le llenó la cara de besos, riendo divertida.

“Eh, ya, ya, vale, que me acabas de asesinar premeditadamente.” Dijo tratando de quitársela de encima.

La gente dice que la felicidad no es un momento, sino un camino. La gente a veces dice muchas cosas sin sentido: Aquello, era felicidad.

domingo 30 de agosto de 2009


Cuando él abrió la puerta ella le saltó al cuello.

“Yaaaaaaiiiii!” Fue como una transformación en un chibi manga hiperactivo. “Me alegro tanto de verte!” se separó y se aclaró la garganta, alisándose la ropa. “Sorpresa!”

Él la miró. La volvió a mirar. La miró por tercera vez y empezó a asimilar la situación. Luego se pasó la mano por la nuca.

“¿Qué demonios…?”
“¿Hago aquí?” sonrió divertida. “Darte un ataque al corazón. Y de paso mi regalo de cumpleaños.”

Él enarcó las cejas, todavía confuso.

“¿Quién es?”

Se sobresaltó un segundo y luego, lentamente se hizo a un lado. Una chica apareció por el marco de la puerta.

“Ehm… Te presento a mi novia.”
“Hola!” La chica que había aparecido por la puerta sonrió amable y le tendió la mano. “¿Eres una amiga? ¿Pasas?”

La visitante sonrió ampliamente y le estrechó la mano. Ladeó el rostro cogiendo el asa del bolso de viaje con ambas manos.

“Sí, soy una amiga, pero no paso. Solo venía a verle, hacía mucho que no nos habíamos visto.”
“¿Y estás de paso?” dijo ella. “¿Seguro que no quieres pasar?”

Él miraba la escena un poco incrédulo, como si estuviera viendo una película en la que no tenía nada que ver.

“Yo siempre estoy de paso.” La chica abrió la pequeña maleta y sacó un paquete envuelto para regalo. “Pero no, no voy a pasar. Muchas gracias, eres un encanto.” Le tendió a él el paquete. “Toma, es tu regalo de cumpleaños.”

La chica se colgó de él, curioseando el paquete.

“Lo abriré luego.”
“Mejor.” Dijo la chica, dando un paso adelante para darle dos besos a la novia de él. “Ha sido un placer, me alegra haberte conocido…”
“Rosa.”
“Un placer, Rosa.”

Le dio un beso a él en la mejilla.

“Hasta otra. Cuídate.”

Y les sonrió a ambos despidiéndose con la mano de forma graciosa antes de subirse al ascensor y pulsar el botón.

Âme Noire

jueves 27 de agosto de 2009

No sabía exactamente porque había ido hasta allí cuando ya no quedaba nada. Ni las cenizas. Pero había cogido el autobús para hacer un viaje de seis horas que le había destrozado el estómago y la espalda para que los pies la llevaran hasta la puerta de aquella casa. Le había sido más desquiciante encontrar la casa una vez en el pueblo que la interminable espera en el autobús. Todavía no sabía muy bien que iba a decirle. Había pensado mil veces en su cabeza las palabras exactas, pero a medida que quedaban menos kilómetros, en su frente se transparentaban más dudas. Al fin y al cabo. Él ya lo sabía todo. No quedaba nada por decirse. Las cartas siempre habían estado sobre la mesa, al menos eso era algo de lo que ninguno podría llegar a quejarse nunca. Evidentemente jugaron muy mal la partida. Y ella perdió demasiadas veces. Pero que toda la verdad estaba expuesta, no había ninguna duda, ¿Por qué había ido entonces allí? Se detuvo en el portal mirándose la punta de los zapatos rojos y apretando la bolsa de viaje, a penas con dos mudas, por el asa entre los puños cerrados.

Cogió aire. Y se dio cuenta de que era una pérdida de tiempo. Que había hecho un viaje tan largo para absolutamente nada. Porque, al fin y al cabo, nada de lo que pudiera decir podría cambiar la única realidad relevante: Que de las promesas que un día el pronunció, del universo de áticos en parís y bares de café sin azúcar y humo espeso, del viaje a Buenos Aires, de Piazzolla y de Cortázar… Ya no quedaba más que el recuerdo. Y ella además estaba segura de que ni siquiera era capaz de recordarlo con nitidez. Porque no llegaba a entender que alguien pudiera recordar una sola de las noches de adagio sin amar. Por más que lo intentaba, no podía aceptar que los sentimientos fueran tan fáciles de diluir, de atenuar, de olvidar. Sonrió. Una sonrisa pequeña, privada, de derrota. Y suspiró, cansada. Abrió la bolsa, casi como un autómata y sacó el disco de vinilo de Txaikovski envuelto para regalo, con un bonito papel negro con cenefas doradas que había hecho ella misma. A él siempre le habían gustado sus dibujos de siluetas sobre negro. Fue su primer regalo. Era bonito que fuera también el último. Al menos, eso es lo que ella pensaba. Él, muy seguramente, no le diese importancia.

Había pasado muchas horas sentada delante de la diminuta tarjeta roja que había enganchada a una esquina del paquete delgado, cuadrado. Había escrito algunas diferentes. En realidad siempre había escrito cartas que él jamás leyó, pero aquella vez no era que no se atreviera a decir nada, es que, sencillamente, ya lo había dicho otras veces. Todavía estaba en blanco. Apretó el regalo en la mano izquierda, indecisa. Quizá lo mejor sería quitarle la tarjeta. De todos modos, ¿No iba a llamar a la puerta? La tarjeta debería ser importante si ella no hubiera ido hasta allí, tampoco era tan imprescindible ahora. Fue cuando cayó en la cuenta de que ya había decidido no esperarse a verle abrir el regalo. No quería ver la indiferencia posterior a la sorpresa allí. Ni quería escuchar el obvio “¿Por qué has venido?”. Porque era completamente comprensible, ¿Por qué había ido? Al final, sacó un bolígrafo de la bolsa, que desenganchó del cuaderno de poemas que siempre llevaba a cuestas, y apuntó en la tarjeta: “[…]”. Todo acababa como había empezado. En silencio, y amándole sin respuesta. Life goes on, darling. O eso dicen.

Dejó el disco en el suelo, apoyado en la puerta y pasó los dedos por ella un instante. Recordó el desastre que había al otro lado y se rió, sin poder evitarlo. Aquella era una casa de locos, y eso siempre le había encantado. Se había sentido como en su propia casa. Y es que, su casa era él, estuvieran donde estuvieran. “Déjame entrar en tu corazón para abrir las ventanas y que entre la luz. Quiero instalarme.” Sacudió la cabeza. De aquello hacía ya demasiado. Demasiado tiempo. Y ahora, demasiado tarde. Dio un paso atrás, guardando el cuaderno y el bolígrafo. No, no iba a llorar. Había estado llorando demasiados días, demasiadas horas, hasta el agotamiento. Y ya no le quedaban lágrimas. Tampoco alas, había perdido a su ángel, a su espada. Y ella era escudo de nadie en un jardín abandonado. Estaba una vez más sola tras las bambalinas. Llamó a la puerta y se marchó, sin esperar a ver si alguien salía a por el paquete. Con suerte podía coger el autobús de vuelta a la capital, no tenía donde dormir, y allí sería más fácil encontrar un sitio. Aunque solo se escuchaban sus pasos, no caminaba sola, por desgracia, él siempre iría con ella.

lunes 24 de agosto de 2009

Toni Zenet - En el mismo lado de la cama

Dime si de aquí a la eternidad
o si no nos quedan ya ni tres telediarios.
Dime si empezó la cuenta atrás
o debemos de tachar otra fecha del calendario.
Somos dos signos del mismo día,
dos pistolas de mentira enfrentadas en un duelo.
Dime si te trato de olvidar
o si tengo que pensar que siempre volvemos de nuevo.

Dueños del derecho de un bis a bis, de dos penas por cumplir
un billete de retorno.
Locos por querernos sin querer, por colarnos otra vez
en la fila de los tontos.
Somos los dos polos de una noria, los dos protas de una historia
de malos y de buenos.
Dime si te trato de olvidar
o si tengo que pensar que siempre volvemos de nuevo.

Que siempre nos ganan las ganas
porque a los dos nos gusta dormir
en el mismo lado de la cama.

Dime si de aquí a la eternidad
o si no quedan ya ni tres telediarios.
Dime si empezó la cuenta atrás
o debemos de tachar otra fecha del calendario.
Somos dos signos del mismo día,
dos pistolas de mentira enfrentadas en un duelo.
Dime si te trato de olvidar
o si tengo que pensar que siempre volvemos de nuevo.

Que siempre nos ganan las ganas
porque a los dos nos gusta dormir
en el mismo lado de la cama.

lunes 10 de agosto de 2009

Se nos acabó el vino
Se caducaron los sueños
Tu dijiste “Hasta luego”.
Te has cargado el “qué será?”.

Y te despertarás un día,
No muy lejos, ni muy cerca,
No te quedará sino un manojo de recuerdos,
Se te habrán largado los sueños,
Con un portazo al marchar.

Por más que aplaudas esta noche
Campanilla ya ha muerto.
Las segundas partes son solo cuentos
Y no nos quedan tangos que bailar.

Has dejado la copa rota,
Se escurrió la última gota,
Y la mancha de la alfombra
No se va a limpiar jamás.

Aún así… No me busques cuando veas
En un cajón con la llave puesta
Los restos de tu esperanza muerta
Llamándote sin parar.

Âme Noire