No habían bajado del todo
la persiana al llegar la noche anterior de pasear por el puerto y por el
espacio de un palmo, quizá dos de alto, se colaba el sol, jugando al espejo
sobre las sábanas, enredándose en los tobillos de él. Ella se escapaba de la
intrusión de luz, hecha un ovillo, encajando perfectamente en el hueco que
quedaba entre el brazo y la cintura de él, como una niña abrazada a su peluche,
excepto por el hecho de que un beso por dar resbalaba de sus labios, que
reposaban entreabiertos, en una sonrisa dormida, contra el pecho desnudo de él,
con una cortina del cabello cobre esparcida sobre ellos y parte de la cama. La
mano de ella, relajada, descansaba como la de un títere al que le han cortado
los hilos cerca de su propio pecho, levemente curvada; la otra, se apoyaba
sobre el abdomen de él, subiendo y bajando con las profundas respiraciones del
sueño. Un pájaro con aspiraciones a despertador se paró en el alfeizar, piando
sobre la llegada de la mañana, y la única nube que parecía cruzar el cielo se
movió, dejando que el sol creciera, llegando a la altura de los ojos de ella,
que apretó los párpados, resistiéndose a despertar. Poco a poco, entre trinos y
guiños de luz, relajó los párpados y desentumeció la mano que descansaba sobre
él, llevándosela al rostro para apartarse los cabellos que ensombrecían su
frente y mejillas, difuminando sus rasgos en la penumbra luminosa de la
habitación.
Se incorporó con cuidado
sobre la cama, sin apenas mover las sábanas, que resbalaron por sus piernas
desnudas. Empequeñeció los ojos con tiempo de ver desvanecerse el pájaro del
alféizar. Él se dio la vuelta en la cama, acostándose de lado y dándole la
espalda, para seguir durmiendo. Se llevó las rodillas contra el pecho,
rodeándolas con los brazos y apoyó la mejilla sobre estas y mirándole con una
sonrisa privada. Las rendijas de la persiana dibujaban cuadraditos de sol sobre
la piel de la espalda de él. Alargó una mano y le acarició la curvatura de la
misma, viéndole moverse a penas al contacto frío de sus dedos, se estiró y
deslizó un beso muy suave sobre su hombro, acariciando la piel cálida de noche
con sus labios. Luego se levantó despacio y puso los pies descalzos sobre el
suelo de baldosas frías. Miró el reloj. Todavía eran las siete y media de la
mañana. Cruzó la habitación, dejando que la camisa de botones de hombre se
acomodara con el balanceo del caminar a su cuerpo menudo debajo de la tela,
rozando a cada paso a la altura de sus caderas. Salió al comedor, que estaba a
oscuras excepto por un rectángulo que se filtraba entre las cortinas del
ventanal que daba a la terraza. Siguió el camino y se coló entre las cortinas,
abriendo la puerta de cristal y saliendo a fuera. El olor a sal y el piar
intermitente de pájaros que se posaban en las azoteas de los edificios
contiguos le preguntó si le apetecía una taza de café. Se acercó a la
barandilla de hierro y apoyó los brazos, descargando el peso y mirando el mar
que se veía trémulo y todavía teñido de jaspeados anaranjados por el sol
madrugador. Un aire fresco le apartaba el cabello del rostro. Sonrió y caminó
hasta la otra puerta de la terraza que daba a la cocina, encendiendo la
vitrocerámica para que la cafetera preparada la noche anterior se calentase.
Salió nuevamente a la terraza y se sentó en el suelo de mármol helándose los
muslos. Dejó caer una pierna entre las rejas de la verja, pendiendo hacia abajo
por el balcón y se permitió un instante de felicidad.
El olor a café empezó a
esparcirse por la terraza, recordándole veranos pasados y playas diferentes. Un
rayo de sol se precipitó contra el nomeolvides que decoraba la sombra de sus
pechos entre los botones desabrochados de la camisa, despidiendo un destello. A
lo lejos, el romper de las olas contra el faro próximo se antojaba un arrullo
que invitaba a una ensoñación tranquila. Paz, paz, paz… Acarició con la punta
de los dedos la línea de las baldosas, mirando el laberinto que formaban. Una
mano se paró sobre la base de su cabeza, enredando los dedos entre sus
cabellos. Ella levantó la vista al tiempo que él le regalaba un beso todavía
dormido en la parte interior del cuello, justo detrás del oído. Ella le tomó la
mano para besarle la parte interna de la muñeca. La cafetera silbó. Cuando ella
hizo mención de levantarse él la incorporó con cuidado por el brazo y la rodeó
por la cintura con las manos, desde atrás, caminando de forma divertida a pasos
de zancadas hacia la cocina. Se desprendieron risas despejadas, tiznadas de
café y de verano envuelto en papel de regalo. Ella apagó la cafetera y se
volvió para besarle, encontrándose con unos labios que ya la esperaban.
“Buenos días.”
Ella le puso el índice
sobre los labios y sonrió traviesa, mirándole entre el cabello que le manchaba
el rostro en trazos cobre.
“Shhht…” susurro entre
labios cercanos “Lo bonito es compartir el silencio.”
Âme Noire